Mientras miraba la nieve caer desde la ventana de un cuarto frio de hospital y en el cual a mi derecha, en una cama se encuentra el cuerpo  indefenso de mi hijo tratando de ganarle la batalla una vez más a su enfermedad, me pregunte, ¿Qué valor le damos a la vida? Quizá la respuesta a mi pregunta no sea  una, si no muchas, o quizás ninguna.  Desde el vientre, el nacimiento y de ahí en cada paso en nuestra vida se nos habla de lo impórtate que es la vida y de cómo cuidarla para vivir saludable.  Muchos hacen ejercicios, comen saludable, y hacen todo lo posible para darle el mayor valor posible a su propia vida y la de los que lo rodean.  Otros viven la vida día a día, sin impórtales el mañana, beben, fuman, se drogan y sus actividades son todas las que significan autodestrucción. La vida es hermosa y es un regalo que tiene un valor incalculable pero que no valoramos. No apreciamos lo que nos regala la naturaleza, y mucho menos es el valor entre los seres humanos. Vivimos con que el temor de morir, pero en una guerra constate. Cada quien le da a la vida el valor que quiere, pero solo basta saber que puedes perderla para llenarte de temor.  Yo amo mi vida, tu vida y la de los míos.  Yo valoro la vida en toda la extensión de la palabra pero consciente de que es regalo que se me puede quitar.  Y quizás a diferencia de muchos no le temo a la muerte, si no al sufrimiento que  pueda causar mi último adiós. Temo sin embargo al último adiós de los seres que más amo, porque más que amarlos VALORO SU VIDA